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salud  Eduardo Haro Tecglen 


Eduardo Haro Tecglen era hijo de Eduardo Haro Delage, marino retirado, comediógrafo y cronista, castigado y condenado a muerte al concluir la Guerra Civil De España. Condena que merced a la petición de indulto formulada por su hijo Eduardo se le conmutó por treinta años de prisión.


Se casó con Pilar Yvars Tecglen, de la que tuvo al versista de la movida madrileñaEduardo Haro Ibars, fallecido de sida a los cuarenta años, y además de esto a María del Pilar, Paloma, Marina, Eugenio y Alberto. Casado en segundas nupcias con Concepción Barral, tuvo a Jonathan y a Yamila.


Estudió en la Escuela Oficial de Periodismo, donde se graduó en mil novecientos cuarenta y tres. Fue cooperador (mil novecientos treinta y nueve-mil novecientos cuarenta y tres) y articulista (mil novecientos cuarenta y tres-mil novecientos cuarenta y seis) de Informaciones, articulista jefe del Diario de África y corresponsal en Tetuán de la agencia Efe (mil novecientos cuarenta y seis). Articulista jefe, crítico literario y corresponsal en París de Informaciones (mil novecientos cincuenta y siete-mil novecientos sesenta); corresponsal de El Correo De España-El Pueblo Vasco en la ciudad de París (mil novecientos sesenta); cooperador de Marca, Tajo, Heraldo de Aragón y directivo de Sol de España (Málaga, mil novecientos sesenta y siete); directivo de España (Tánger, mil novecientos sesenta y siete); articulista, columnista y subdirector (mil novecientos sesenta y ocho-mil novecientos ochenta) de Triunfo; directivo de Tiempo de Historia (mil novecientos setenta y cuatro-mil novecientos setenta y ocho) y cooperador de Testimonio, 1975; crítico teatral de la Hoja del Lunes de la capital española (mil novecientos setenta y siete) y editorialista y crítico teatral de El País, mil novecientos setenta y ocho. En este último periódico publicaba una columna diaria desde ese momento. Usó los pseudónimos "Pozuelo", "Juan Aldebarán" y "Pablo Berbén".


A los 24 años publicó su primer libro, que fue poético: La muda palabra (mil novecientos cuarenta y ocho), con prólogo de Alfredo Marqueríe. En los años sesenta se hizo apreciar como columnista político en las páginas de Triunfo y Sábado Gráfico, aparte de Informaciones. Acabó su carrera en El País, periódico al que su nombre va unido desde su fundación.


Publicó más de veinticinco artículos. De tendencia republicana, sobrevivió en una suerte de "exilio interior" en España escribiendo de pane lucrando artículos en favor del régimen franquista, como la elegía al creador de la Falange, José Antonio Primo de Rivera, "Dies Irae", algo que le recriminaron cronistas contrincantes como el falangista Jaime Campmany. En el capítulo "El pequeño fascista" de su libro El cobijo, Haro Tecglen justifica estas acciones por cuestión de supervivencia, y también señala que en su fuero interior sentía que no era autor de su vida, que su auténtica vida le había sido robada con la caída de la República, la condena de su padre y la negación de sus títulos estudiantiles. Que se vio obligado a vestir el uniforme falangista para salvar a su padre de la condena a muerte.


Entre sus ensayos se pueden mentar Una frustración: los derechos del hombre (mil novecientos sesenta y nueve), La sociedad de consumo (mil novecientos setenta y tres), Sociedad y terror (mil novecientos setenta y cuatro), Fascismo: génesis y desarrollo (mil novecientos setenta y cinco), El 68: las revoluciones imaginarias (mil novecientos ochenta y ocho), Diccionario político (mil novecientos noventa y cinco), La guerra de la ciudad de Nueva York (dos mil uno) y Ser de izquierdas (dos mil uno).


Escribió asimismo libros autobiográficos como El pequeño republicano (mil novecientos noventa y seis), La buena memoria (mil novecientos noventa y siete, en que recoge sus conversaciones con Fernando Fernán Gómez), Hijo del siglo (mil novecientos noventa y ocho), El cobijo (mil novecientos noventa y nueve) y Arde la capital española (dos mil) donde ofrece una visión bastante desilusionada desde la perspectiva de una izquierda de forma decidida marxista.


Su crítica teatral fue inteligente y corrosiva, uno de los puntos de referencia para la profesión, incontrovertible y prácticamente indiscutida, aunque alimentada por prejuicios ideológicos difícilmente sustentables para el posmodernismo. Por poner un ejemplo, su visión del teatro del Siglo de Oro está anclada en la interpretación sociológica que de él se hacía en los años setenta (la sumisión incondicional de los autores a la monarquía, su acendrado catolicismo, la supuesta apología del honor...) sin tomar en consideración lo mucho que la crítica universitaria ha aportado en los últimos treinta años para quitar estos prejuicios y descubrir los elementos más críticos. Fuera de esto, fue excepcionalmente severo con la restauración de los tradicionales que efectuó la Compañía Nacional de Teatro Tradicional (CNTC) y Adolfo Marsillach recordó en sus memorias el tono violento de sus críticas y el daño que entonces generaron a la Compañía. De la misma forma, fue inexorable con los autores del llamado "Nuevo Teatro De España", a los que generalmente zarandeó sin compasión, aun a muchos de ellos ubicados en su órbita ideológica. Un no casarse con absolutamente nadie que más que virtud habría que meditar en si no es cierta actitud arisca no ya cara los profesionales, sino más bien cara el teatro mismo.


El diecisiete de octubre de dos mil cinco, padeció una parada cardiaca mientras que comía en un restorán. Fue trasladado a un centro de salud y murió en la madrugada del martes dieciocho. Donó su cuerpo a la ciencia. A lo largo de sus últimos años escribía la columna visto/oído para el diario El País, un weblog y sostenía la sección diaria barra libre en el programa La Ventana de la Cadena SER.

Este artículo o bien sección precisa referencias que aparezcan en una publicación acreditada.
Este aviso fue puesto el once de febrero de dos mil diez.

Su pensamiento complejo puede aglutinarse en la idea del altermundismo pesimista: la posibilidad de otros mundos y la constatación de las inmensas fuerzas que se oponen a esa construcción, bien sociales o bien sencillamente mecánicas o bien naturales: el olvido, la muerte, el segundo principio de la termodinámica. Este pensamiento se hace singularmente agudo en lo refente a la pérdida del proyecto de la II República. Él se autodenominaba "colorado", adoptando en actitud reivindicativa el título despreciativo con el que el franquismo hacía referencia al bando perdedor.


Su fatalismo jamás le conduce a la inactividad, incluso sabiendo que toda batalla acaba perdiéndose; mas algo queda. Es un fatalismo empeñado en la detección de las injusticias sobre las que se apoya nuestro planeta, nuestra civilización, frente al optimismo que valora fundamentalmente sus logros. Su línea argumental trata de transformar al individuo en persona y a las personas en pueblo consciente (con consciencia), entroncando con el librepensamiento y el ideal libertario de finales del XIX y principios del XX.Sus tesis se basan en la fuerza disolvente de la consciencia sobre los instintos, los sentimientos, las revoluciones (aun las más sanguinolentas) y la historia, que unido a una continua actualización y revisión del pasado, dejan extraer posibilidades y proyectar nuevos mundos compartidos, en frente de la destrucción, el olvido o bien la petrificación-sacralización del pensamiento. Ciertas líneas de su pensamiento se pueden recoger en las próximas oraciones textuales de sus artículos:


1) Sobre el terrorismo: "El enorme proceso de la riqueza es centrípeto". "Esto que llamamos ahora terrorismo es parte de las revoluciones que jamás se pudieron hacer, e incluso de la caída de las que llegaron a algo. Se responde con guerras: están perdidos. Todo lo demás con lo que se especula, coalición de civilizaciones, religiones opuestas o bien lo que se quiera, no son verdad: solo hay pobres y ricos."


2) Sobre la busca de la verdad, o bien más bien, sobre la busca de análisis de los que se puedan extraer ideas y acciones de progreso: "Es más simple hallar muchas razones para proteger lo falso que una sola razón para lo auténtico."


3) Sobre la sociedad de consumo y el medioambiente, tras una campaña de sensibilización/culpabilización del Ministerio de Medio Entorno en dos mil cinco sobre el gasto de agua y de gasolina, Haro Tecglen escribió: "Sí, dejamos correr el agua; sí, dejamos correr la manguera de gasolina, querida Cristina mas es que esta civilización nos ha hecho de esta manera, hemos creado unas clases minoritarias que precisan eso para estar en la vida. Les hicimos pensar que el hombre feliz no tiene camisa: qué canallada. Y que el dinero no hace la felicidad: sí la hace".


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